Kilian era consciente de que tenía que seguirla, rogarle hasta que ella comprendiera, obligarla si era preciso para que escuchara su plan. Sin embargo, se sentó de nuevo y pidió una botella de whisky. Cuando el licor de su primer trago se deslizó por su paladar, vio que Paolo Costa, el dueño del restaurante y un amigo de la infancia se acercó a él con semblante contrariado, pero solo duró un par de segundos, porque luego, ese típico aire desenfadado muy propio del italiano tomó lugar.
—¡Hermano