Lily tomó el papel delante de ella y lo hizo un bollo entre sus manos antes de tirarlo a un rincón del cuarto
Estaba cansada. Harta.
Llevaba dos semanas encerrada en la mansión, sonriendo las veinticuatro horas de los siete días de la semana para que sus hijas no supieran cuanto detestaba estar allí.
La habían traído derecho del hotel a la mansión sin darle espacio para protestar.
Al parecer, Pietro había cambiado su estrategia y en lugar de querer separarla de las niñas, se las había arreglado