El aire estaba cargado de una tensión casi eléctrica cuando Sofía entró en su oficina al día siguiente. Caminaba con paso firme, pero su mente era un torbellino. Había tomado la decisión de darle a Max la oportunidad que él había pedido… aunque cada fibra de su cuerpo gritara que era un riesgo innecesario. Aun así, algo en lo profundo de su pecho se negaba a dejarlo ir por completo.
El miedo seguía allí, anclado como un lastre, recordándole todo lo que había perdido y lo que aún podía perder. P