La música se escuchaba embotada desde el lugar donde estaban. Su madre le acariciaba el cabello con esa delicadeza tan suya que lo hacía relajarse y que solo las manos de Livia habían logrado reproducir el mismo efecto sobre él.
—Háblame de ella —le pidió en tono divertido.
—No, aún no tenemos nada en concreto —dijo sin abrir los ojos, pero con una sonrisa pugnando por salir de sus labios—. Mejor dime cómo te sientes.
—Franco, no. No quiero hablar de mí. Siempre estas angustiándote y eso me ha