Lo introduje un poco más.
—Así... —murmuré—. Déjate llevar.
Empecé a moverlo despacio, entrando y saliendo, y fui aumentando el ritmo poco a poco. Las vibraciones la hacían estremecerse, y sus gemidos no tardaron en volverse más intensos. Alzaba las caderas para seguir cada movimiento, incapaz de quedarse quieta.
—Ya casi... —jadeó—. Dominic, por favor...
—Todavía no.
Lo retiré y ella dejó escapar un gemido de frustración. Volví a colocarlo sobre su clítoris y lo moví en círculos, despacio, prol