Celeste se dio la vuelta y se dirigió al ascensor sin decir una sola palabra. Ni siquiera se molestó en mirar atrás.
Me quedé ahí, viéndola alejarse, incapaz de reaccionar. Era Celeste, la misma que tantas veces había llorado en mi hombro después de una cita desastrosa, la que me había dicho que yo era como una hermana para ella. La misma a la que había engañado una y otra vez, con tanta facilidad que hasta había llegado a compadecerla. Y ahora me miraba como si ni siquiera existiera, como si fu