—No quiero que te vayas. ¿De verdad no puedes quedarte, princesita?
Su voz es un suave ronroneo contra la piel de mi abdomen que me tiene al borde del abismo; a estas alturas ya he perdido la cuenta de cuantas veces hemos hecho el amor.
—Puedo, pero no debo hacerlo —respondo a regañadientes mientras hundo mis dedos en las hebras suaves de su cabello negro—. No quiero más problemas con Úrsula. Además, quiero ir a ver a mi abuelo mañana. Ha estado deprimido y necesita compañía.
La mención de mi a