—Pasemos a la mesa, la cena ya está lista. —El señor Michelangelo nos invita a sentarnos y todos lo hacemos. Se ve tranquilo, pero bastante autoritario y serio como las otras veces.
Una simpática empleada sirve la mesa en silencio y acomoda los platos con delicadeza. Hay comida por todas partes, la abundancia rebosa sobre el grueso mantel y los colores y olores envuelven la estancia.
Aunque hay algo que me pregunto: si solo somos cinco personas, ¿por qué servir seis platos?
—Tengo una invitada