Mientras Alex y Lolita regresaban hacia la casa en medio del bosque, escucharon murmullos, se escondieron porque no sabían con exactitud de quiénes se trataba, entonces sin hacer ruido se quedaron esperando, y sin querer escucharon esa conversación.
—¡Sos un cobarde! —clamó la voz agitada de aquella chica—, te vas a casar con la estúpida peliteñida esa, tan solo por no admitir lo que sientes —bramó.
Jorge resopló, y tomó las frías y temblorosas manos de María Fernanda.
—¡Somos familia! —reba