La puerta de la suite del hotel retumbó en los oídos de la pequeña Alexandra, la niña se estremeció por completo, sabía que su madre estaba muy molesta, en el auto que las trajo de regreso no había pronunciado una sola palabra.
Entonces presionó fuerte sus párpados, y varias lágrimas corrieron por sus mejillas al instante que los dedos de Jacqueline hicieron presión en su brazo.
—¡Me duele! —sollozó.
—¡Eres una inútil! —recriminó—, habíamos ensayado tanto lo que tenías que hacer —bramó la mu