Alex parpadeó, y la voz no le salió de los labios, observó aquel delicado rostro, esos enormes ojos azules mirándolo con expectación, buscando una respuesta que él no se la podía dar, debía comprobar que en verdad aquella niña era su hija, aunque su rostro era muy parecido al de su abuela: Alba.
Entonces observó a Jacqueline y la sangre reverberó en sus venas, la ira lo abordó, en un par de zancadas se aproximó a ella, la tomó de los hombros, y la zarandeó.
—¡Estás mintiendo! —exclamó. —¿Por