Tiberius se había quedado de pie frente al saco que oscilaba con los últimos golpes recibidos, cerró los ojos, aspiró una gran bocanada de aire y una sonrisa de dibujó en sus labios.
Algo bullía en su mente y parecía satisfacerlo mucho, porque comenzó a desabotonar su camisa mientras se dirigía a su habitación en la que entró, se duchó y vistiendo solo un bóxer se lanzó en la cama, tomó su teléfono y escribió: Espero que tu segunda noche en Nueva York sea placentera…, aunque yo no esté allí con