A las ocho de esa noche, Mateo entraba a una fastuosa residencia con su mano sosteniendo la de Raffaella, quien miraba todo a su alrededor con temor de romper algo solo con la vista, el lujo que la rodeaba era incluso más ostentoso del que había visto en la casa de Evana.
El piso era de mármol, el dorado que resaltaba en los relieves de las paredes era deslumbrante, el elegante mobiliario, las exquisitas obras de arte e incluso las lámparas eran extraordinarias.
En lo alto de una escalera centr