En Nueva York, Ignacio pudo conciliar el sueño pensando en la nueva etapa que comenzaría en su vida para conquistar el corazón de Evana, pensó en sus hijos, pero se convenció de que, si ellos veían a su madre feliz con él, sería más fácil la aceptación, aunque no descuidaría bajo ninguna circunstancia su labor de acercamiento hacia los gemelos.
Tiberius por su parte, no pudo controlar el impulso de llamar a Raffaella, era algo como una prueba a sí mismo, de que todavía tenía algún efecto sobre