Irene le echó un vistazo a Robin.
Le pasó su celular.
Robin contestó la llamada directamente.
Aún no había empezado a hablar cuando Juan dijo:
—¿Irene, realmente quieres que esa vieja muera?
Los ojos de Robin se entrecerraron bruscamente y, tras un largo momento, preguntó:
—Juan, ¿sabes quién soy?
Juan se sorprendió.
—¿Robin, señor Robin?
—Si vuelves a molestar a Irene, ¡lo que se perderá no será solo una mano!
La voz del hombre rezumaba ferocidad.
Tras decir eso, colgó el teléfono.
Irene frunci