El sol apenas comenzaba a ascender por la ladera del rascacielos del centro, tiñendo las plantas superiores de un cálido color dorado. La luz incidía en los ventanales en el ángulo justo y los hacía brillar con fuerza, casi como si ardieran. Abajo, en la planta baja, todo seguía bastante tranquilo: quizá algún que otro coche pasando, alguna gente en ropa deportiva trotando, alguien paseando a su perro.
Pero arriba, en la planta ejecutiva, el día ya estaba en pleno apogeo. Los ascensores no para