Los ojos de Santiago se apartaron de los míos como agua en un vaso. Miraba al suelo, a la pared, a cualquier parte menos a mí.
"Esto no es verdad. No puede ser." Su cabeza se movía de un lado a otro, como un metrónomo de negación, cada sacudida más desesperada que la anterior. Me miró directamente a los ojos y dijo: "No", rotundamente.
El frío me golpeó primero. No del aire que nos rodeaba, sino de lo más profundo, como si mi pecho se hubiera convertido en una caverna de hielo. Lo sentí extende