Los ojos de Santiago se apartaron de los míos como agua en un vaso. Miraba al suelo, a la pared, a cualquier parte menos a mí.
"Esto no es verdad. No puede ser." Su cabeza se movía de un lado a otro, como un metrónomo de negación, cada sacudida más desesperada que la anterior. Me miró directamente a los ojos y dijo: "No", rotundamente.
El frío me golpeó primero. No del aire que nos rodeaba, sino de lo más profundo, como si mi pecho se hubiera convertido en una caverna de hielo. Lo sentí extenderse por mis costillas, hasta el estómago, hasta las yemas de los dedos. Así era la traición. No una ira ardiente ni un dolor agudo, sino frío. Tan frío que quizá nunca volvería a sentir calor.
¡Estúpido! ¡Estúpido! ¡Estúpido! ¡Qué estúpida! ¿Qué esperaba? ¿Que me creyera? ¿Que me eligiera a mí en lugar de a ella, solo por esta vez? Remi seguía enredado en su vida como la hiedra, asfixiándolo todo. Ella siempre había estado ahí, y yo siempre había sido el tonto fingiendo que importaba más.
Las lá