UN MES DESPUÉS
Arabella se acurrucó en la esquina de la pequeña habitación, con las rodillas pegadas al pecho. Sus brazos temblaban por la última inyección… siempre le hacían sentir como si sus huesos estuvieran ardiendo.
Se mordió el labio con fuerza para evitar llorar de nuevo. De todos modos, su voz estaba demasiado ronca para emitir otro sonido.
La puerta metálica hizo clic. Nala entró, con expresión aburrida, sosteniendo una bandeja con jeringas.
Otra vez no.
El corazón de Arabella latió d