El puño de Adrian volvió a caer, produciendo un sonido sordo y enfermizo que llenó la habitación.
El guardia se desplomó contra la pared de azulejos y se deslizó hasta el suelo. La sangre ya empapaba su uniforme. Su rostro estaba hinchado, un ojo casi cerrado y su respiración salía en jadeos entrecortados. Adrian no se detuvo. Apenas miró el daño que había causado.
—¿Dónde la llevaste? —preguntó Adrian en voz baja.
Este era el guardia al que Adrian había ordenado vigilar a Arabella hasta que ab