Rizard entró con paso temeroso al salón, sosteniendo una carpeta de cuero oscuro.
La tensión podía cortarse con un cuchillo.
Hernando Montalbán, impecablemente vestido, estaba de pie junto al ventanal con la mirada clavada en el jardín.
Su mandíbula apretada y el gesto endurecido eran suficiente aviso para cualquiera: aquel no era un buen momento.
—Señor… —murmuró Rizard, y tragó saliva—. Traje lo que pidió. El acuerdo… de divorcio.
El silencio fue un golpe seco.
Maryam levantó la vista desde e