El trayecto hacia el apartamento fue corto, pero los nervios de Ana Laura se sentían en el aire. Alejandro conducía en silencio, procesando la idea de que finalmente entraría en el mundo real de la mujer que amaba. Cuando ella abrió la puerta, el aroma a hogar y a sencillez los recibió de golpe, contrastando con la frialdad de mármol de la mansión Barcherotti.
—¡Ana! ¡Viniste! —gritó una vocecita llena de alegría.
Diego, un niño pequeño con los ojos brillantes de emoción, corrió por el pa