Juliette
De camino al hotel, mi mente parecía atrapada en los sucesos de esa noche. Pero hubo una constante que me mantuvo anclada a la realidad: la mano de Seth.
No me soltó ni un instante. Sus dedos estaban entrelazados con los míos sobre mi regazo, con un agarre firme, casi doloroso, como si temiera que si aflojaba la presión, yo desaparecería o volvería a correr hacia el peligro. Su mano estaba cálida, un contraste brutal con el frío que sentía en los huesos después de la persecución en el