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AUNQUE ME CUESTE LA CORDURA - En mi cama

Capítulo I - Emanuel

Vanesa bajó la guardia apenas me reconoció, no me sorprende. Entre el alcohol y los años distanciados, es normal que se muestre indefensa. Después de un par de cervezas más, se le empiezan a cerrar los ojos como el viernes. Está completamente ebria.

—¿Qué vamos a hacer?

Consulta entre risas, estremeciéndose cada vez que la toco. Me encanta tenerla a mi merced.

—Lo mismo que la última vez.

Respondo, sacando una pastilla del bolsillo. Ella la observa con los ojos entrecerrados. La luz le molesta.

—¿Y qué hicimos la última vez?

—Para empezar, me vas a dejar que te tome unas fotos y te vas a sacar esa ropa. ¿Está bien?

No puede contestar en ese estado, pero igual se lo pregunto; por rutina, supongo. La cargo y la llevo hasta mi dormitorio. La deposito sobre la cama y acaricio sus piernas, está más delgada. Supongo que no come bien.

—Abrí bien las piernas... tengo que ponerte esto.

Digo, mostrándole las esposas que compré. Obedece, después de quedar en ropa interior. No se resiste, ni me cuestiona, es dócil. Aunque si no tengo cuidado al moverla va a vomitarme encima.

Justo cuando empieza a desvanecerse, le tomo la cara con la mano y presiono con fuerza. No quiero que se me escape así de fácil.

—Esta vez no será como la anterior.

Le advierto, esperando que me mire. Cuando finalmente lo hace, le beso la frente. Ella me observa, perdida mientras le pongo las esposas en las manos.

—Te merecés que te trate como a un animal. Pero antes te voy a dar una oportunidad más para que recapacites y me pidas disculpas por lo que me hiciste.

Susurro, mientras me aseguro de que quede sujeta a la cama.

Cuando se despierta, está confundida. Me doy cuenta por la forma en que gira la cabeza, y en la lentitud con la que procesa el entorno. Sigue en mi cama y lo primero que hace es mirarse, lleva ropa interior puesta. Eso parece tranquilizarla un poco.

Se levanta y va al baño, noto que le duele el cuerpo. Si la conozco lo suficiente y pensó que lo hicimos el viernes, ha tomado algo para adelantar su ciclo y está por menstruar.

Con el móvil en una mano y los platos en la otra, observo como inspecciona todo. El cepillo de dientes extra, las máquinas de afeitar, los medicamentos para el estómago. Los preservativos que dejé a propósito para que los vea. Encima de una silla está su ropa, la puse ahí después de lavarla y plancharla.

Sale del baño ya vestida y me busca, bloqueo mi móvil y lo dejo sobre la barra. Cuando me encuentra en la cocina, me abraza sin dudar. Como si confiara en mí, en lo que fuimos antes de su traición.

—¿Dormiste bien?

Consulto, como si nada.

—Sí, aunque tengo que dejar de tomar tanto... me está arruinando.

Contesta, abriendo mi heladera como si fuera su casa.

¿Qué onda con este departamento?

—Es de mi mamá. Me lo compró cuando volví a Argentina. Me pidió que trajera las cosas que dejó en lo de mi viejo.

La miro, busco su reacción. Pero no puedo notar nada fuera de lugar.

—¿Y eso? ¿No te hablás con tu papá?

Su voz se tensa.

—No. Hace años que no lo veo.

Ella se pone rígida, pero no por mí, sino por él.

—¿Lo de tu nariz...? ¿Y ese cambio de imagen?

La intriga le gana, y eso me gusta. Siempre fui un desastre con el pelo y la ropa. No le daba importancia a la apariencia. Sin embargo, ya no dejo que me vean de ese modo. Fue necesario hacer cambios para conseguir mi venganza.

—¿No te gusta más así?

Me acerco. Ella cree que voy a besarla, pero le saco la botella de agua en un gesto burlón. El jueguito de siempre.

—De hecho, creo que la apariencia es lo de menos... mientras seas bueno en lo que hacés. Y, por cierto, sos uno de los mejores médicos en tu campo. Lo que lograste en el extranjero es casi imposible. Neurocirujano en dos años. ¡Guau! Te admiro muchísimo.

Me chupa las medias con esos comentarios, mientras se recoge el pelo. No me mira a los ojos, pero se ruboriza.

—Supongo que es fácil decirlo para alguien como vos. Siempre te viste bien... aunque nunca te peinaras.

Respondo haciendo una mueca y acomodando un mechón de su pelo detrás de su oreja y me aparto.

—Tu forma de ser hacía que los demás quisieran estar cerca.

Antes, eso me encantaba de ella. Ahora me revuelve el estómago de solo pensarlo. Esa capacidad suya de conquistar, de jugar con las personas a su alrededor.

—Eso no es verdad.

Responde, dolida.

—No tengo a nadie cerca. El único amigo real que tuve fuiste vos... y me abandonaste cuando te recibiste.

Se me acerca, me saca la botella como si ganara algo. Ese gesto... esa manera de invadir, con ternura... Me molesta, porque funciona y todavía me hace dudar. Las ganas de besarla me invaden y decido que ya es suficiente de esta maldita mujer.

—Bue, bue... fuera de mi casa ya.

Le digo, cortando el juego.

No puedo seguir con esto, estar así con ella me afloja. Y no voy a permitirme eso. Vine aquí para vengarme.

—¿Qué? ¿No me digas que vas a echarme...? Seguro que tenés visita.

Dice con picardía. ¿Quiere saber si traeré a una mujer?

—No salgo con nadie, pero tengo trabajo que hacer.

Respondo. Tomo el celular y abro la puerta.

—Está bien, me voy.

Agarra el bolso.

—¡Ah! Me olvidaba... haceme un favor: borrá ese video horrible que filmaste de mí.

—Tranquila. Tengo mejores videos que ese para ver.

Respondo, con una sonrisa venenosa. Y es así, que después de eso se va.

Sin entender nada.

Es perfecto.

Autora: Osaku

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