Mundo ficciónIniciar sesiónCapítulo II - Ellos
Es miércoles, y cuando Vanesa entra al hospital, se topa con una escena tensa: Emanuel está regañando a sus compañeros frente a todos, usando su voz de tutor enojado.
Al parecer, uno de los internos dio una indicación errónea a un paciente. Aunque no hubo consecuencias, el tipo de error es grave, de los que pueden costarle la matrícula.
—¿Quiénes de ustedes atendieron al señor Miller?
Reclama Emanuel, en tono autoritario. Vanesa levanta la mano.
—Controlé las recetas, y estaban bien. También las indicaciones.
Responde con seguridad, pero todos se quedan viéndola, en parte sorprendidos de que ella pueda cometer ese tipo de errores. Por su parte, el doctor Romero suspira antes de pedirle que, cuando termine su guardia, se acerque a la oficina.
Él sabe perfectamente que el error fue de la secretaria. Pero eso, para él, es irrelevante. Lo que le importa es usarlo para destrozar su imagen.
—Siéntese, doctora González.
Ordena cuando ella llega esa tarde y sin levantar la vista, mientras teclea algo en la computadora, fingiendo estar demasiado ocupado para lidiar con ella.
—Emanuel... te juro que hice bien las recetas.
Asegura Vanesa, preocupada. Mientras él sigue escribiendo, como si su declaración no mereciera atención. Le gusta verla así de vulnerable. Una mujer como ella, que suele mostrarse fuerte y autosuficiente, es un desafío. Doblegarla… es demasiado placentero.
—Primero: acá no podés decirme Emanuel, aunque estemos solos. Segundo: no es que no te crea, pero esto me está trayendo atención que no necesito.
Aprieta unas teclas más, luego se queda observándola, con gesto preocupado, como si realmente estuviera en aprietos, aunque por dentro solo piensa en memorizar esa expresión: acongojada con ganas de llorar, como si de verdad hubiera herido a alguien que no quería lastimar.
Emanuel, escucha con atención el sonido de la impresora en la oficina contigua. Tiene todo fríamente calculado.
—Lo siento mucho, doctor Romero, pero le juro que no hice nada malo. Revisé todo al menos tres veces.
Insiste Vanesa, mientras él finge buscar una lapicera entre los papeles y documentos esparcidos sobre el escritorio.
—Tranquila, doctora González. Vamos a resolverlo.
Responde finalmente, con una sonrisa ambigua.
—La próxima vez, asegúrese de dejar asentadas todas las recetas que entregue antes de retirarse.
Mientras la pobre médica le agradece la ayuda, una enfermera entra a la oficina.
—Aquí está su copia, doctor.
Dice la mujer, lanzándole a Vanesa una mirada despectiva.
Todo está saliendo según lo planeado. Aquella empleada está enganchada, y él lo sabe. Bastó con un par de insinuaciones para que ella diga lo que sea con tal de protegerlo, incluso si eso implicara culpar injustamente a Vanesa por el supuesto incidente.
Y es así como el temor se propaga entre los pacientes. Varios piden no ser atendidos por Vanesa; otros arman escándalo, e incluso exigen que alguien supervise sus procedimientos. Lo que deja a la joven médica frustrada y cargando una angustia que la persigue hasta el día de su franco.
El plan de Emanuel funciona a la perfección: Vanesa lo llama angustiada; quiere ir a su casa. Él le pide que se tome un taxi y finalmente la espera en la puerta. Al llegar ella lo abraza y como si fueran los amigos de siempre se deja consolar por Emanuel.
—Tranquila... en unos días nadie va a recordar lo que pasó.
Asegura él cuando ya están sentados en el sofá de su living. Él sabe que no es cierto. Si algo ha aprendido trabajando como médico es que, en hospitales como ese, llevarse bien con las enfermeras es más importante que recitar de memoria todos los libros de medicina.
Vanesa es brillante, sí, pero a veces no capta esas sutilezas, ese es uno de sus puntos débiles.
—No lo sé. Ahora todos me van a joder con el tema de las recetas. Tengo ganas de romperle la cara al idiota que se equivocó y dijo que fui yo...
Refunfuña ella.
—Igual, gracias por apoyarme.
Lo dice sin una pizca de duda. Aún no sospecha de él.
—Después de mí, sos la mejor estudiante que conozco. ¿Cómo no voy a confiar en vos?
Responde Emanuel con cinismo y ella le lanza una almohada a la cara. Vanesa confió demasiado rápido, y eso le hace pensar que pronto podrá irse; su venganza va a ser fácil de ejecutar.
—Qué agrandado. Antes no eras así.
Le reprocha mientras va a la cocina. Ha decidido prepararle la cena en agradecimiento por su supuesta ayuda.
—¿Tomamos algo?
Consulta él, mostrándole unas cervezas artesanales que compró.
—¡Sos injusto! Te dije que no iba a beber más... y sabés muy bien que no me puedo resistir si son de esas.
Protesta ella, mientras toma una de la mesa. Emanuel sonríe, por eso las compró. Le gusta más cuando está ebria, es más manejable.
—El otro día, borracha, me hablaste de toda tu familia... pero no me contaste nada de vos. ¿Estás con alguien? ¿Qué pasó con ese profesor que tanto te gustaba?
Consulta Emanuel, quitándole el cuchillo de las manos con suavidad. La observa unos segundos, luego empieza a cortar los tomates él mismo.
—Sigo sola, y la verdad prefiero no hablar de eso.
Se nota que la incomoda. A Emanuel no le importa eso, no va a conformarse con evasivas. Tiene paciencia, pero también su objetivo es claro. Si ella no es sincera con él pronto, sufrirá las consecuencias de su venganza más oscura.
—Dale, somos amigos, ¿o no?
Insiste con falsa ternura.
—Está bien. Tuve que ponerle una orden de restricción, ya que empezó a acosarme. No sé por qué se obsesionó conmigo... No aceptó que yo no quisiera nada con él.
Emanuel la observa en silencio, incrédulo. No puede estar hablando de su padre.
Vanesa explica que, al principio, se sintió halagada de que alguien tan respetable como ese decano se fijara en una estudiante como ella. Solo iban por un café de vez en cuando, y él le compartía experiencias laborales.
—Hablar con él de ese modo me hacía sentir que ya era parte del equipo médico..., qué tonta fui. Jamás imaginé que rechazar algo más íntimo, provocaría semejante reacción en un hombre de su edad.
El tipo había empezado a seguirla, incluso hasta su casa. En la facultad, varios docentes se negaron a tomarla como alumna por recomendación de él. Hizo todo lo posible para dejarla sin opciones.
—Incluso volvió a dar clases, solo para tenerme en su lista.
Vanesa se sonroja, pero por vergüenza.
—Hasta me ofreció dinero a cambio de sexo. ¿Podés creerlo?
Ella intenta sonreír, como si tratara de resistir el recuerdo, pero las ganas de llorar la atacan sin piedad.
—Ok... no sigas si te hace mal.
Pide Emanuel, abrazándola con fuerza, aunque por dentro algo se enciende. ¿Qué es todo eso? ¿Por qué está mintiendo tan descaradamente?
Autora: Osaku







