La mirada iracunda de Elián gobernaba el ambiente y el silencio se hacía cada vez más incómodo. El camarero trajo el pedido y colocó los platos frente a los comensales. Comenzaba a sentirse el relleno maldito de un pan. Se encontraba en medio de dos leonas que cometían los más viles asesinatos con la mirada.
—¡Ya está bien! —estalló en un grito—. ¿Es qué no podemos comer en paz?
—Hombretón, yo estoy muy tranquilo, no me estoy metiendo con nadie, y menos con esa mujer con el culo gordo a la que