—¡Hijo! Llevo escuchando tu despertador sonar desde hace veinte minutos. ¡Voy a entrar!, espero que estés visible.
Isabel abrió la puerta con cuidado y se adentró unos pasos en la habitación descubriendo la escena ante ella. Sobre la cama matrimonial su hijo y su mejor amigo estaban dormidos. La única ropa que tenían sobre ellos eran un par de bóxer. Los zapatos, camisas y pantalones, lucían tirados por el suelo. Una de las piernas del muchacho rubio descansaba sobre el cuerpo de Brais. Se lle