—¿Eres real? —susurró, junto a su oído sin soltarla del abrazo—, creo que las famosas arepas de Karla me drogaron y me hacen ver visiones.
La risa de Aledis resonó junto a su rostro, y se apartó de ella lo justo para poder admirarla.
—Dime que mi hombretón deportista, y el chico sano no se metió a la mala vida. Por cierto, ¿quién es Karla? —La pelirroja lo miraba con una ceja alzada y curiosidad en el rostro.
—Eso ahora no importa. —Como si fuese una muñeca la levantó del suelo en un abrazo, y