Capítulo XXIV

Entre silencios y tormentos

Verónica

Después de estar sumida en mis pensamientos durante el largo viaje en el carruaje, el coche se detuvo frente a la puerta de la mansión. Antonio descendió y luego me ayudó a bajar. Tomé el brazo de mi esposo y entramos a la casa.

—Estoy tan cansado —mencionó Antonio, dejando su saco y sombrero colgados.

Su mirada se encontró con la mía; su expresión era un enigma que no podía descifrar.

—Iré a ver si Julia tiene algo para el dolor de cabeza —respondí, tratand
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