Entre silencios y tormentos
Verónica
Después de estar sumida en mis pensamientos durante el largo viaje en el carruaje, el coche se detuvo frente a la puerta de la mansión. Antonio descendió y luego me ayudó a bajar. Tomé el brazo de mi esposo y entramos a la casa.
—Estoy tan cansado —mencionó Antonio, dejando su saco y sombrero colgados.
Su mirada se encontró con la mía; su expresión era un enigma que no podía descifrar.
—Iré a ver si Julia tiene algo para el dolor de cabeza —respondí, tratand