Capítulo X

El riesgo de intentar

La mansión Salvador se despertaba con una belleza particular esa mañana, un resplandor que solo podía atribuirse a la ausencia de Antonio. Era una ausencia que llenaba de alegría el despertar de Verónica, y dibujaba una sonrisa en su rostro al abrir los ojos. A pesar de ello, un velo de tristeza pesaba en su corazón, una sombra provocada por las duras palabras que había intercambiado con su prima Elisa el día anterior. Verónica permanecía aún recostada, contemplando cómo los primeros rayos del sol se colaban juguetones entre las cortinas y danzaban sobre su piel. Finalmente, se levantó de la cama, envolviéndose en su bata de dormir como si fuera un abrazo reconfortante, y se dirigió hacia la terraza. Al abrir la puerta, el fresco aire matutino la recibió, invitándola a sumergirse en la tranquilidad del amanecer.

Verónica

La frescura del amanecer y la serenidad del entorno natural me brindaban un efímero consuelo. La incertidumbre de lo que me depararía el retorno
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