Capítulo II

Cicatrices del Alma

Con la llegada de una mañana radiante y llena de promesas, el sol se alzaba majestuoso en el cielo. Sin embargo, para Verónica, su luz no era más que un cruel recordatorio de la oscuridad que había soportado la noche anterior. La presencia de Antonio aún la asfixiaba; podía sentir el eco de sus manos y el veneno de sus besos adheridos a su piel. Las lágrimas fluían incontenibles, cada una narrando la historia de su ultraje y su dolor, mientras se abrazaba las piernas en un vano intento por protegerse de los recuerdos. El tormento en su pecho era incesante, como un puñal que se retorcía en su corazón, desangrándolo gota a gota, inundando su ser con un dolor interminable.

Perdida en su mar de tristeza, Verónica no percibió la presencia de Dorothea, quien la contemplaba con una angustia que le desgarraba el alma. Observaba a su niña hecha pedazos, y las lágrimas brotaban involuntarias de sus ojos, cada una un testamento del amor y la impotencia que sentía. Día tras día, Dorothea vendaba las heridas físicas de Verónica, pero sabía que eso no bastaba para sanar las cicatrices invisibles que Don Antonio había dejado en su espíritu.

Con un suspiro que contenía más que aire, Dorothea se acercó con delicadeza a Verónica, dispuesta a brindarle el consuelo que había ofrecido noche tras noche desde aquel fatídico matrimonio. La abrazó con fuerza, y Verónica se aferró a ella, buscando refugio en el calor maternal que siempre había sido su faro en la tormenta. Dorothea sostenía a su protegida, luchando por contener sus propias lágrimas, que amenazaban con unirse al río de dolor que surcaba el rostro de Verónica.

—No pude evitarlo, Nana —sollozó Verónica, su voz quebrada por el desespero—. Quisiera desaparecer.

—Lo sé, mi niña —respondió Dorothea, meciéndola con ternura—. Cada día es una prueba para ti, pero juntas hallaremos la salida. Te lo prometo, aunque me cueste la vida.

Verónica asintió, permitiendo que las palabras de Dorothea la envolvieran, aunque en lo más profundo de su ser, sabía que haría lo que fuera necesario para liberar a Verónica de las cadenas que la ataban a esa mansión de pesadillas.

Verónica

Entre sollozos me refugié en el consuelo de mi nana, mientras las sombras de la noche anterior se cernían sobre mí. Antonio, con su traición despiadada, había dejado una cicatriz en mi alma. La luna de miel, que prometía ser un jardín de delicias, se transformó en un campo de batalla donde perdí lo más preciado. Su recuerdo se abalanzó sobre mí, feroz como un relámpago, desencadenando un tormento que consumía mi ser.

La luna de miel había llegado al fin, y con ella, un viaje en carruaje hacia lo desconocido. Mis nervios, como hilos tensos, vibraban al ritmo de los cascos de los caballos. Mi madre, con sus explicaciones escuetas, no había logrado prepararme para la noche que se avecinaba, y la ausencia de mi nana solo amplificaba mi temor. Mi esposo, una figura imponente y seria, contemplaba el camino con una mirada que no lograba descifrar.

El silencio se rompió con sus palabras, cargadas de una anticipación que me helaba la sangre.

—Estoy ansioso por llegar y encerrarnos en nuestro cuarto... para consumar nuestro matrimonio —dijo mientras mordía mi lóbulo.

Su cercanía, un mar turbulento, amenazaba con engullirme.

—Eres una tentación —susurró Antonio en mi oído para luego besar mi cuello—, y eres solo mía.

Las caricias no deseadas eran como espinas en mi piel, y cada fibra de mi ser se rebelaba contra ellas. El carruaje se detuvo, y por un momento el aire volvió a mis pulmones.

La mansión se erguía ante mí, un sueño de piedra y jardines que no lograba disipar la tormenta en mi interior.

—¿Lista para entrar en nuestro hogar, querida? —preguntó mirándome con lujuria.

La mano de Antonio en mi cintura era un presagio de lo que estaba por venir. A pesar de la belleza que me rodeaba, una sensación de encierro me invadía. Las escaleras se desplegaban ante nosotros, un camino de alfombras rojas y negras hacia un destino incierto. La habitación, un escenario de lujo y opulencia, se convertía en una prisión de terciopelo. Las palabras de Antonio, un eco de posesión y deseo, resonaban en el aire cargado de tensión.

Intenté postergar lo inevitable, buscar una salida en la exploración de la mansión, pero él era inamovible.

—Por fin te poseeré como nunca antes te han tomado —dijo Antonio, besándome el cuello y dejándolo con su saliva.

—¿No podemos esperar?, aún quiero conocer la mansión —respondí intentando evitar el momento.

—Mmm, será en otro momento, querida —respondió, con deseo, saboreando mi cuello mientras sus manos apretaban mi cintura— ahora quiero disfrutarte.

Mi resistencia, un susurro ahogado por la determinación de un hombre que no escuchaba razones. La lucha interna era tan intensa como la física, y las lágrimas, retenidas desde el altar, amenazaban con desbordarse. El vestido, símbolo de un día que debía ser de alegría, se convertía en jirones de desesperación. Mis súplicas, perdidas en el viento de su indiferencia.

—Por favor, Antonio, cálmate —dije con miedo y tratando de escapar—. Déjame ir, por favor.

—No te dejaré ir, porque tú me perteneces y ahora cumplirás con tu deber de esposa —gritó y trató de agarrarme—. Ven aquí, maldita.

La puerta, un umbral que no lograba cruzar, se mantenía cerrada ante mis esfuerzos. La violencia de sus acciones, un golpe que resonaba más allá de lo físico, me dejaba sin aliento. La habitación, un mundo reducido a cuatro paredes, no contenía eco para mis gritos.

—¡Suéltame! —dije, sollozando mientras él sujetaba mis brazos con rudeza.

—Nunca lo haré y escúchame bien —dijo, lamiendo mi cara—, eres mía y deberás cumplir con tu deber de esposa.

En ese instante de dolor y oscuridad, la promesa de ser su esposa se transformaba en una realidad que no quería aceptar.

Finalmente, el agotamiento de Antonio me brindaba un respiro, una oportunidad para huir de la opresión de su presencia. Con cada paso vacilante, alejándome de la habitación, buscaba reconstruir mi ser desgarrado, mientras la mansión, con toda su magnificencia, se convertía en un recuerdo borroso. Vagaba por los pasillos, mi presencia tan etérea como la de un fantasma, con cada paso resonando en el vacío de mi ser. Mi vestido, un lienzo desgarrado de desdicha, ondeaba al ritmo de mi marcha aturdida. Marcas tenues, testimonio de un dolor inenarrable, adornaban mi piel con la sutileza de una cruel acuarela.

En ese trance, la figura de mi nana emergió, un faro de compasión en la bruma de mi desesperación. Su abrazo fue el catalizador de un torrente de lágrimas, un río caudaloso que arrastraba consigo los fragmentos de una noche que deseaba olvidar. Con pasos apresurados y corazón afligido, me condujo a su refugio, un santuario de ternura en medio de la tormenta.

Allí, en la intimidad de su habitación, me permití sentir; cada emoción, desde la indignación hasta la tristeza más profunda, se desplegó ante mí como un paisaje sombrío. El eco de mi llanto, un lamento que rompía el silencio, era el único sonido que perturbaba la quietud de la noche.

Aquel día sombrío, Dorothea, con manos de sanadora, alivió las heridas que él había infligido. Me ofreció hierbas de antiguos saberes para prevenir las consecuencias de un destino no deseado. Sin embargo, la calma fue efímera, y la angustia regresó con la fuerza de una tormenta incontenible. La llamada al médico se convirtió en un eco de mi desesperación, mientras el doctor Sullivan, con palabras firmes, impuso una pausa necesaria a Antonio.

El tiempo pasó, y con la recuperación llegó una falsa esperanza de serenidad. Pero las palabras de Antonio, como cadenas de hierro, me recordaban un deber que me pesaba más que el mundo, “Debes cumplir con tu deber como esposa”, decía, y con esas palabras, la sombra de la tortura se cernía sobre mí sin tregua.

Las lágrimas seguían su curso, ríos de dolor por la violencia de cada día, por la indignidad de ser forzada a la intimidad con Antonio. Mi furia crecía, no solo por el sufrimiento personal, sino por la traición de haber intentado huir y ser castigada con una crueldad inimaginable. Y lo peor de todo, la pérdida de Luz, mi compañera fiel, arrancada de mi lado, dejando una marca en mi alma tan profunda como la que él había dejado en mi ser.

Ese día, cuando mi corazón fue despojado de toda esperanza, comprendí que mi existencia se había convertido en un juicio perpetuo, una vida tejida con hilos de sufrimiento y dolor.

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