Capítulo I

El dolor insoportable

~ Ocho años después ~

Una brisa suave y cálida acariciaba las hojas de los árboles esa mañana, transmitiendo la serenidad del entorno. Al fondo se alzaba una mansión de paredes marrones, sus vigas invadidas por plantas trepadoras, una maravilla arquitectónica rodeada de un jardín multicolor. Sin embargo, detrás de esa fachada idílica se ocultaba un infierno personal, una tortura que instigaba el deseo de escapar.

Verónica Charlotte Wingburgh de Salvador, una joven de veinticinco años con facciones delicadas y estatura media, vivía esa realidad. Sus ojos marrones, oscuros como la noche, escondían secretos insondables, y su cabello castaño oscuro, semiondulado, caía en cascada hasta su cintura. Dulce, aventurera y frágil, Verónica era también una joven obediente, una cualidad que la había convertido en marioneta de sus padres y ahora de su esposo. Desde su matrimonio, su vida se había convertido en una tortura: maltratos, aislamiento forzado y abusos nocturnos.

Las lágrimas brotaban al recordar cómo cada noche era forzada a someterse a él. Los intentos de resistencia eran vanos; siempre terminaba sometida, independientemente de su voluntad.

Antonio regresó a casa en estado de ebriedad y encontró a Verónica aparentemente dormida. Sin preocuparse, le arrancó de un tirón las cobijas y la arrastró hacia él, colocándola de espaldas y atando sus muñecas a la cama con una cuerda. Sus súplicas y llantos fueron ahogados con crueldad mientras él consumaba su acto despiadado. 

Una lágrima recorrió la mejilla de Verónica, marcada por un moretón, testimonio del forcejeo. Otro golpe adornaba su rostro, un recordatorio constante del infierno vivido. Los recuerdos la empujaban hacia la barandilla de la terraza, contemplando el fin de su sufrimiento, hasta que una mano cálida interrumpió sus pensamientos. Era Dorothea Mayweather, su nana, la única luz en su oscuridad. La mujer, de avanzada edad, cabello rubio y ojos azules, había sido su protectora desde la infancia. Ahora, más que nunca, Verónica necesitaba su consuelo y cuidado.

—Ya, ya, mi niña —susurraba Dorothea, compartiendo el dolor de Verónica—. Estoy aquí, no estás sola.

Entre sollozos, Verónica expresó su desesperación, su repulsión hacia el hombre que la sometía. Dorothea, con lágrimas en los ojos, le ofreció palabras de consuelo y esperanza. Juntas enfrentaban cada día, cada noche de tormento, aferrándose a la promesa de un futuro libre. La mujer asistió a Verónica para que se levantara del helado piso de la terraza, invitándola a entrar y prepararse para el desayuno. La acomodó en la cama y procedió a llenar la bañera con agua tibia, creando un espacio para que Verónica pudiera ducharse y hallara consuelo tras los recientes acontecimientos. Observando a Dorothea en acción, Verónica reflexionaba sobre cómo su resistencia a la adversidad se debía, en gran parte, al apoyo incondicional de su nana, quien la consolaba y la protegía, evitando así las consecuencias de aquellos actos atroces. Una sonrisa genuina iluminó el semblante de Verónica, reconociendo en Dorothea no solo a una cuidadora, sino a una figura materna, más presente que su propia madre, quien la había abandonado a una existencia de tristeza y desdicha.

Con una expresión maternal, Dorothea ayudó a Verónica a despojarse de sus ropas y la animó a tomar una ducha. Al retirarse la camisola, las cicatrices en la espalda de Verónica, vestigios de los abusos de Antonio, quedaron al descubierto, suscitando en Dorothea una profunda tristeza. Verónica se deslizó con suavidad en la bañera, el agua caliente envolvió su cuerpo en un abrazo reconfortante. Dorothea, con la ternura que la caracterizaba, le lavaba el cabello, y en ese gesto de cuidado, Verónica cerró los ojos, permitiendo que las lágrimas fluyeran libremente, un reflejo de su dolor y desdicha. Sumida en sus pensamientos, la voz de Dorothea la sacó de su ensimismamiento.

—Me han dicho que va a hacer volver a sus hijos —comentó mientras seleccionaba la ropa de Verónica.

—¿Volverán sus hijos? —preguntó Verónica, una mezcla de relajación y sorpresa en su voz.

—Así me lo ha dicho Albert —respondió Dorothea, acercando un brebaje de hierbas—. Me contó que le ordenó preparar el carruaje para enviar una carta urgente, convocándolos de vuelta.

—Será un alivio tenerlos aquí, aunque temo por los jóvenes, especialmente por Sarah —reflexionó Verónica, apoyando su mejilla en el borde de la bañera—. Creo que tiene mi edad —añadió, mirando a Dorothea con cierta nostalgia—. También me preocupa cómo me recibirán.

—No te preocupes, mi niña —la tranquilizó Dorothea con una sonrisa, dejando la taza en la cómoda—. Creo que esos jóvenes desprecian a su padre mucho más de lo que podrían resentirte a ti —afirmó, tomando la mano de Verónica—. Tú eres solo una víctima más de sus crueldades y de las decisiones de tus padres.

—Eso espero, Nana —suspiró Verónica.

Una vez fuera de la bañera, Verónica se envolvió en una bata y comenzó a secarse el cabello. Dorothea la asistió en vestirse, y eligió para ella un vestido blanco adornado con flores y mangas largas con volantes. Con delicadeza, peinó su cabello, dejando caer algunas ondas sueltas sobre sus hombros, y maquilló su rostro con suavidad, ocultando los moretones. Ambas compartieron una mirada de complicidad antes de descender al comedor.

Mientras bajaban, Don Antonio hizo su entrada, señalando a Dorothea que se retirara. Verónica asintió a su nana, asegurándole con la mirada que estaría bien. Dorothea se dirigió a la cocina, y Antonio se aproximó a Verónica, tomando su mano y depositando un beso en ella.

—Hoy luces espléndida, querida —dijo, examinándola con una mirada que a Verónica le resultó grotesca y perturbadora—. Eres la imagen de la belleza.

—Gracias —respondió Verónica, disimulando su repulsión—. ¿A dónde has ido esta mañana? Dorothea mencionó que saliste temprano.

—Fui al correo a enviar una carta a mis hijos —explicó Antonio, caminando hacia la mesa del desayuno—. Les he ordenado que regresen.

—¿Crees que aceptarán después de tanto tiempo? —inquirió Verónica, tomando un sorbo de su jugo.

—Por eso mismo les he mandado llamar —replicó con irritación—. Han pasado ocho años y esos ingratos no han venido a verme. No toleraré más su rebeldía.

—Deberías comprender su posición —sugirió Verónica, nerviosa—. Son adultos, no puedes controlarlos.

—¿Qué sabrás tú de criar hijos? —estalló Antonio, golpeando la mesa con furia—, no has sido capaz de darme uno en todos estos años.

Levantándose abruptamente, Antonio se llevó su desayuno al despacho, dejando a Verónica sola con su tristeza.

                                                                                          ***

Después de la tensa mañana, Verónica buscó refugio en el jardín, sumergiéndose en la lectura de una novela que le recordaba todo lo que anhelaba: un amor verdadero y apasionado. Perdida en sus sueños, no notó el vaso de jugo hasta que Dorothea se lo señaló.

—Apenas has probado bocado —observó, sentándose junto a ella.

—No tenía apetito —confesó Verónica suspirando.

—Escuché lo que dijo —comentó Dorothea, apretando la mano de Verónica con afecto—, pero sabes que no es cierto, que podrías concebir.

Dorothea agarró la mano de la joven con consuelo y Verónica miró a su nana, dándole una sonrisa, y colocó su otra mano encima de la de ella.

—No sé qué haría sin ti —respondió Verónica, una sonrisa melancólica en sus labios—. Gracias a ti, he evitado traer un niño a este mundo de sufrimiento.

—Lo sé, pequeña —dijo Dorothea con ternura—, y nunca permitiré que se entere.

Verónica asintió, retomando su lectura mientras Dorothea se ocupaba de la casa.

                                                                              ***

Mientras tanto, Antonio se ahogaba en su whisky y su ira, incapaz de aceptar la desobediencia de sus hijos. En un arrebato, lanzó su vaso contra la pared, el estruendo alertó a todos en la casa. Verónica se ofreció a verificar la situación, y encontró a Antonio en su estudio, su mirada perdida en la ventana.

—¿Está todo bien? —preguntó con cautela.

—Sí, todo está en orden —respondió él secamente.

Verónica se acercó a los vidrios rotos, su intención era limpiar el desorden sin lastimarse. Sin embargo, Antonio la observaba con una ira que helaba la sangre.

—¡Deja eso y sal de aquí! —ordenó con voz atronadora.

—Solo quería... —comenzó Verónica, pero el miedo la silenció al verlo levantarse.

—¡Te dije que te vayas! —rugió él, su furia palpable en el aire.

Antonio abrió la puerta con brusquedad, y empujó a Verónica fuera del estudio. El mayordomo, alertado por el ruido, acudió en su ayuda. Un pequeño corte en su mano era el testimonio silencioso de la escena. Juntos se dirigieron a la cocina, donde Dorothea y las demás sirvientas se apresuraron a atender la herida.

—¿Estás bien, mi niña? —preguntó Dorothea, su preocupación evidente.

—Sí, nana, estoy bien —respondió Verónica, aunque su voz delataba su tristeza.

La compasión y la impotencia se reflejaban en los rostros de todos los presentes. Verónica, agotada, expresó su deseo de retirarse a su habitación. Dorothea la acompañó, ofreciéndole un hombro en el que llorar y palabras de consuelo. Finalmente, el agotamiento venció a Verónica, y Dorothea la dejó descansar, cerrando la puerta con suavidad tras de sí.

                                                                                 ***

En la intimidad de su habitación, Verónica despertó de su letargo emocional. Antonio, con efectos del alcohol aún perceptibles, irrumpió en el cuarto. Verónica, anticipando sus intenciones, intentó escapar, pero fue en vano. Antonio la atrapó y la llevó de regreso a la cama. 

—¡Por favor, no! —suplicó Verónica, viendo brotar las lágrimas de sus ojos. 

—Eres mi esposa, y harás lo que te diga —declaró Antonio, su voz tan dura como el acero. 

Los lamentos de Verónica se desvanecieron en la noche, mientras las manos de Antonio exploraban y besaban con deseo cada rincón de su cuerpo. La joven lloraba sin cesar, rogando para que aquel tormento terminara, pero sus súplicas caían en el vacío. Antonio la giró, a pesar de su resistencia ante aquel acto atroz y perverso que él pretendía ejecutar, y la poseyó sin mediar palabra, ignorando totalmente la resistencia de la joven, lo que le arrancó un grito desgarrador mientras sus ojos vertían incontables lágrimas. La lucha resultaba inútil frente a la fuerza con la que el hombre la dominaba, sin ceder en su empeño. No se sabe cuánto tiempo estuvo Verónica en esa posición, cuando de repente percibió el gemido de satisfacción de Antonio, dando fin al acto indecoroso e inapropiado que perpetraba contra su esposa: la violación. Finalmente, exhausto y satisfecho, Antonio, ajeno al sufrimiento de la joven, se acomodó a su lado y se sumió en un sueño profundo. 

Verónica permaneció inmóvil, aún con lágrimas surcando su rostro. Se quedó en su sitio, llorando en silencio y cubriendo su maltratado cuerpo desnudo con las finas sábanas que habían sido testigos de aquel terrible momento con su esposo. La joven, sola con su angustia, lloró hasta que el agotamiento la sumió en un sueño sin sueños, alejándola de la realidad que la aprisionaba.

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