—Sé q-que me comporté como un idiota, pero por favor escúchame —le suplico, acercándome a ella y provocando que se aleje un par de pasos de mí—. No te haré daño —murmuro quedándome en mi lugar.
—No temo que me golpees, porque sé que nunca serías capaz de ello, pero créeme que durante toda mi vida he recibido demasiados golpes, los cuales se curaban al cabo de unos días o semanas. ¿Sabes qué es lo que más hiere? —me cuestiona con melancolía—. Las palabras, esas, duelen más que un simple golpe, p