Tiro de la silla y me siento a su lado para contarle todo. Bueno, lo que necesito que sepa y sea necesario para protegerla de sí misma.
―No, no nos hemos casado aún, pero nos comprometimos hace poco y pronto lo haremos ―tomo su mano izquierda y le muestro la sortija que aún lleva incrustada en su dedo anular―. Te lo di el día en que aceptaste casarte conmigo.
Lo observa, conmovida y confusa. Luego eleva su cara y me mira a los ojos.
―Entonces, ¿por qué todos dicen que eres mi esposo?
Me mira