Capítulo 38. Markos

Abrí los ojos cuando la puerta se cerró. El golpe de madera resonó en la habitación y me dejó una sensación de hueco en el pecho.

La osa se había ido.

Gruñí sin querer y me incorporé en la cama. No había dormido en toda la noche; la imagen de la osa enfurecida seguía pegada a mi vista.

Aún la veía: la boca abierta, la furia áspera en la voz, ese brillo dorado en los ojos que me había hecho fruncir el ceño sin entender por qué. No era solo la mirada. Había un olor debajo de todo: distinto, dulce
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