No pierdo de vista a Tania, que solo me mira con atención y yo cada vez más me desespero porque no me contesta. Eso me hace pensar que tal vez tenga razón. Aprieto mi quijada escuchando cómo crujen mis dientes debido a la presión.
—¡CONTÉSTAME! —le gritó volviendo a golpear el escritorio y espantándola.
—No hay nadie —dijo con una voz fuerte.
—Mientes, ¿DIME QUIEN CARAJOS ES? —preguntó de nuevo con tono fuerte.
—¡Ya te dije que no hay nadie! —me contesta en el mismo tono que estoy usando.
—¡MIE