Alessandra Dumont
El silencio en la suite era absoluto, roto únicamente por el suave murmullo de la ciudad que entraba por los ventanales. El calor postrero de nuestra unión aún impregnaba la habitación, pero la necesidad de cercanía, lejos de saciarse, se había transformado en algo más profundo, algo más sereno. Alistair se incorporó, su piel bronceada aún brillaba por el sudor y sus ojos habitualmente cargados de una frialdad corporativa, me miraban ahora con una intensidad que me dejaba al