Alistair Ferrero
El habitáculo de la camioneta se sentía como una celda de alta seguridad, estrecha y asfixiante. A mi lado, Alessandra se movía inquieta, intentando articular una disculpa, una justificación, cualquier cosa que aliviara la presión que me estallaba en las sienes. No la miré. Si lo hacía, si veía aquellos ojos que durante el almuerzo habían estado expuestos a la mirada lasciva de Lucas Vance, no podría garantizar que no terminaría rompiendo algo. Mi silencio era mi única defensa