Isabel García
El sonido metálico del ascensor cerrándose a mi espalda se sintió como un disparo directo al pecho.
No esperé a que la cabina bajara. Con las manos apretadas alrededor de la carpeta de expedientes y la respiración entrecortada, empujé la pesada puerta de la salida de emergencia y me adentré en las escaleras. En cuanto la estructura de concreto me aisló del resto del piso, me apoyé contra la pared fría y cerré los ojos, obligándome a respirar.
Me dolía. Jodidamente me dolía el pech