Nicolás Ortiz
Verla sonreírle a Valenzuela fue como sentir un disparo a quemarropa en mitad del pecho.
Me quedé estático a unos metros de su mesa, con el aire congelado en la garganta y sintiendo que el suelo del piso veinte se abría bajo mis pies. El vestido negro de seda caía por sus curvas con una elegancia tan sofisticada y letal que me costó respirar. Le exponía los hombros, esa piel que yo había reclamado varias veces, y sus labios, pintados de ese maldito labial rojo perfecto, se movían