Isabel García
El locutor de la radio seguía hablando de nosotros como si fuéramos una especie de héroes. "Una jugada magistral de la defensa", repitió la voz, perdiéndose en el aislamiento del coche cuando Mendoza redujo la velocidad para enfilar el sedán negro hacia el estacionamiento subterráneo de la firma.
Al lado mío, Nicolás era una estatua de mármol.
Mantenía la vista fija en su propia ventana, con la mandíbula tan apretada que parecía a punto de romperse.
Todavía podía sentir el rastro