Nicolás Ortiz
Manejaba con la vista clavada en la carretera, apretando el volante con una fuerza que me hacía doler los nudillos. El motor del carro era lo único que se escuchaba, un zumbido constante que no lograba apagar el ruido de mis propios pensamientos. A mi derecha, Isabel era una estatua de hielo. Se había acomodado de nuevo el vestido y el pelo con una rapidez que me asombraba, como si quisiera borrar cualquier rastro de lo que acabábamos de hacer.
Pero el aire no mentía. El olor de e