—Solo quise decir que Elisa era única, extraordinaria, no podía dejar de mirar sus preciosos ojos celeste, eran de un azul intenso, profundo, con una dulzura que te envolvían y una tórrida seducción, nada que hubiera visto antes, y sus labios jamás necesitaron de un labial, un rosado suave, tentaciones inhumanas, difuminado del centro hacia el exterior. Pero su sabor y su calor…
Se hecho a reír.
Bastián temblaba de coraje, domando dentro de su pecho el rugido de su lobo hirviendo en colera l