Cuando escuché mi propia voz diciendo “no” a lo que él sugería, me di cuenta de lo insano que era ese lugar, esa manada.
Me estaba negando a quitarme un collar detestable con el nombre de Tristan, que por cierto era mi medio hermano y se preocupaba por mí tanto como lo haría con un perro callejero.
Aun así, me aferraba a ese collar idiota porque sabía que era lo único que me separaba de todos esos machos de la manada. Al pensar en eso, la imagen del rostro de Sebastian apareció en mi mente, sus