Ava no podía creer lo que había hecho, o mejor dicho, lo que había soñado, aún en la penumbra de su habitación, se mantenía allí, sentada en la cama, con sus mejillas completamente rojas, y lo sabía porque sentía el calor en ellas, sus manos no dejaban de sudar, y el contacto de la tela de su pijama, casi que quemaba su piel, y allí entre sus piernas, o mejor dicho, escurriendo de ellas, estaba a la prueba de su crimen, ella había tenido más que un sueño húmedo con su jefe, en verdad no lo podí