Las manos de Ava sudaban, sus piernas temblaban, aunque sus pasos eran firmes, y aunque no podía evitar ver borroso ante la acumulación de lágrimas que había en sus ojos, de forma apresurada ingresó en el local, ese mismo en el que tantas veces había acudido durante ese tiempo con Amy, bajo la mirada atónita de la dependiente, su mano abrió el pequeño cristal que protegía el botón de la alarma de incendio, y sin siquiera darle oportunidad a la dependiente de decir media palabra, lo apretó.
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