Esa tarde, la vida de Verónica tomó un rumbo inesperado.
Había ido a la oficina de Emanuel para recoger unos informes, pensando que sería una tarea rápida, un simple trámite más en su día.
Pero lo que encontró la dejó sin palabras.
Emanuel estaba allí, de pie, con una sonrisa que iluminaba su rostro. Sus ojos brillaban con una calidez que ella aún no terminaba de comprender del todo. Era una mirada diferente, más profunda, más significativa.
Y entonces, le extendió un delicado paquete.
—Est