Emanuel no podía dejar de sonreír mientras conducía de regreso a su casa. Las palabras de Ismael apoyándolo y la imagen de Verónica aún fresca en su mente lo tenían atrapado en un torbellino de emociones que no experimentaba desde hacía años.
El beso.
Ese beso inesperado que había comenzado como un simple gesto impulsado por su hijo, pero que, apenas sus labios rozaron los de Verónica, el mundo entero pareció desvanecerse por un instante.
En su mente, se repetía el momento en cámara lenta.
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