Capítulo 4

Dentro del auto había un silencio sepulcral mientras Carlos cruzaba la montaña a través de una deformada calle de tierra. Los cientos de baches y troncos dispersos en el camino hacían la vía intransitable, pero el hombre manejaba con pericia. Demostraba que no era la primera vez que pasaba por aquel lugar.

—¿Cómo vamos a entrar en una zona militar? —preguntó Tania sin dejar de evaluar los alrededores con nerviosismo.

—Ya verás —fue lo único que él respondió.

La incertidumbre la agobiaba. Desde que se había independizado, siempre procuró tener el control de su vida. Le gustaba conocer los posibles riesgos antes de tomar cualquier decisión. Así evitaba que la sorprendieran de nuevo y la dejaran abandonada en la entrada de algún sitio tétrico y desolado en contra de su voluntad.

—Si pretendes que te ayude a liberar a Lucas de su cautiverio, tendrás que decirme a dónde vamos, qué encontraremos allí y cómo demonios saldremos —decretó— Ahhh, y qué puedo hacer, además de gritar despavorida y llorar de angustia.

En esa oportunidad, a Carlos se le dibujó una media sonrisa. Tania abrió con amplitud los ojos al notarla.

—¿Qué? —preguntó él con incomodidad.

—Nunca sonríes, ¿cierto? —quiso saber ella. El hombre endureció el rostro y gruñó—. Vamos, no te molestes. Es que siempre estás enojado o nervioso, no te había visto sonreír y parece que te dio trabajo el gesto —dijo con picardía—. Aunque… lo haces bien —finalizó, siendo honesta.

Carlos no giró el rostro hacia ella, pero sí los ojos, para observarla por el rabillo. Sus palabras lo afectaron.

—Además, aquí la ofendida debería ser yo —expuso Tania ignorando los sentimientos del hombre—. Te burlabas de mí, justo en el momento en que mi vida pende de un hilo. ¿Estás consciente de que podrían matarnos a ambos por mi culpa?

—Aquí nadie va a morir… por lo menos, hoy no —aseguró él.

Carlos miró al cielo con preocupación. Ella lo imitó e intentó ver en las inmensas nubes grises el anuncio de alguna desgracia.

—Dios, lo que nos faltaba. ¡Ahora va a llover! —se quejó ella—. Y de seguro, será una lluvia torrencial que desprenderá la montaña a pedazos y nos hará rodar por algún peligroso barranco.

El hombre la observó perplejo y redujo la velocidad.

—¿No sé dónde está el verdadero peligro, si en el sitio al que vamos o en tus pavorosas predicciones?

—¿Pavorosas predicciones? No hay que ser vidente para saber lo que puede suceder en una montaña como esta cuando llueve con intensidad y esas nubes parecen traer un vendaval.

—Deja de ser pájaro de mal agüero y guarda silencio, me pones nervioso —declaró Carlos, con el ceño fruncido.

Como una niña malcriada, Tania calló y cruzó los brazos en el pecho dirigiendo su rostro enfadado hacia la vegetación, bien lejos del hombre antipático que estaba sentado a su lado. Pero el enfado con rapidez fue sustituido por el temor al escuchar una detonación y ver como algo se estrellaba en el parabrisas astillando en miles de pedazos el cristal.

No tuvo tiempo ni de gritar. Carlos detuvo con rudeza el vehículo y la sacó a empujones por la puerta del piloto. Ella cayó al suelo al salir y se golpeó la cadera, pero el hombre la levantó y la sostuvo con un solo brazo para remolcarla. Buscaba ocultarse de los disparos que comenzaban a caer de forma desordenada a su alrededor.

Él corría como un profesional, saltaba troncos y esquivaba ramas a toda velocidad. Ella, en cambio, volaba cual cometa, llevándose por delante cualquier elemento que se atravesara en el camino.

Varios metros más adelante, los disparos se redujeron y las detonaciones se escuchaban lejanas. Carlos aligeró la marcha, haciendo que Tania sintiera cierto alivio, pero como en una pesadilla, la calma le duró poco.

Ella se detuvo al ver que Carlos caía abatido. Un disparo le había perforado el muslo izquierdo y la sangre le bullía a borbotones.

No sabía qué hacer, lo miraba revolverse y soportar el dolor en medio de quejidos. Se inclinó para calmarlo, pero él intentó alejarla.

—¡Corre, Tania! Estamos cerca. No permitas que te atrapen.

—¿Qué…?

El terror la invadió. Carlos le pedía seguir, pero ella ni siquiera sabía dónde estaba parada en ese momento.

—Toma —dijo y sacó del bolsillo de su pantalón un papel doblado en varias partes que colocó en las manos temblorosas de la joven—. Con este mapa y el diario llegarás hasta Lucas. ¡Vete ya!

—¡No te dejare! —gritó la chica, viendo con terror la herida que no dejaba de sangrar.

—Estoy bien, apenas sane te buscaré.

Ella lo observó con desconfianza pudiendo notar que los ojos negros del hombre comenzaban a aclararse y tornarse ámbar.

Aquel cambio le recordó los registros anotados en el diario: «el efecto del medicamento parece perturbar la capa superior de melanina de los ojos, volviéndolos más claros. Con el tiempo, los nuevos seres tendrán una apariencia diferente y podrán regenerarse a voluntad, siendo inmunes a los desgastes del día a día».

Impactada, se alejó de él. No podía creer que fuera uno de esos «nuevos seres».

—¡Vete!

El grito autoritario del hombre y el sonido de más disparos la hicieron reaccionar. Continuó la carrera intentando evitar tropezarse con algún obstáculo.

Capítulos gratis disponibles en la App >

Capítulos relacionados

Último capítulo