Tania seguía recostada en la cama, esta vez, boca arriba. Miraba con ansiedad y melancolía el techo.
Se sentía tan deprimida que cada hueso del cuerpo le dolía, hasta le costaba respirar.
Lucas entró en la habitación y se ubicó a su lado, acariciando con dulzura su rostro con el dorso de un dedo.
Tuvo que apretar los labios al ver los ojos de la chica hinchados por el llanto y sus mejillas aún húmedas.
—Eso no volverá a pasar —dijo con voz ronca, afectado por la ira.
—Pasará siempre. Soy un mon