Capítulo 5

A lo lejos escuchaba voces y risas de hombres, ladridos de perros y detonaciones. Tania no quería ni imaginar lo que harían con ella si lograban alcanzarla.

Tampoco quiso pensar en Carlos, para no angustiarse más. Lo dejó solo y herido, pero lo peor, era no saber qué cosa era. Según el diario, aquellos seres podían perder por completo la humanidad después de los experimentos.

Había corrido varios metros cuando llegó a un río de bajo caudal, lo cruzó sin problemas y se escondió tras un inmenso árbol para revisar el mapa que Carlos le había dado.

Nunca en su vida había estado de campamento, mucho menos, sabía leer un mapa. Todo eso le deparaba una única realidad: pronto moriría, o asesinada por los hombres que la perseguían o tragada por aquella inhóspita selva.

Con manos temblorosas desdobló el papel manchado con la sangre de Carlos. A pesar de que debía ser un poco más del mediodía, el lugar estaba cubierto por sombras, originadas por la tupida vegetación y por un cielo abrigado con pesadas nubes de lluvia.

Como lo había sospechado, no entendía el mapa. Estaba trazado en lápiz y pudo notar la presencia de un río cerca de tres pequeños cuadrados dispuestos en forma de «V». Un poco más alejado se encontraba el bosquejo de una montaña con una puerta, que estaba rodeada por un círculo rojo y señalada por una flecha del mismo color.

Respiró hondo y oteó la vegetación. Nada le aseguraba que el río que se encontraba tras ella era el mismo que estaba dibujado en el mapa, pero las voces de los asesinos se acercaban y la obligaron a tomar una decisión.

Guardó el documento junto al diario y continuó la huida. No sabía a dónde llegaría, solo debía alejarse de aquellos hombres. Su veloz andar se detuvo unos metros más adelante.

Entró en un claro y se topó con tres cabañas dispuestas en forma de «V». Las dos primeras se hallaban en medio del claro, pero la tercera, la más grande, estaba sumergida entre la vegetación.

Tania no sabía si acercarse a pedir ayuda o continuar su carrera. Las cabañas le recordaron lo señalado en el diario: «tres centros experimentales fueron asentados en la montaña. Uno para los animales, otro para el resguardo de las diferentes especies de plantas y el último, para contener a los que lograban sobrevivir».

Retrocedió un paso al acordarse del cambio en los ojos de Carlos y de las descripciones de las actitudes violentas de los sobrevivientes apuntadas en el cuaderno. Ya sabía qué hacer: huiría de allí, pero el cercano sonido de cientos de animales que corrían hacia ella y ladraban con furia la hizo cambiar de opinión.

Con ímpetu se acercó a la primera cabaña, abrió la puerta y se ocultó dentro de ella. Al quedar encerrada, la oscuridad la absorbió. Arrugó el ceño al percibir que todos los sonidos de afuera se habían silenciado, como si nunca la hubiesen perseguido.

No obstante, el gruñido de un fiero animal, que se hallaba dentro de la cabaña, le aclaró el entendimiento.

«Corre…», su mente no paraba de darle instrucciones, pero el terror era dueño y señor de su cuerpo y lo mantenía rígido, apoyado contra la puerta de la cabaña.

Con lágrimas en los ojos trató de agudizar los sentidos. Captaba un olor intenso, a orine de animal, y sentía mucho calor, como si estuviera dentro de interior de una caldera.

Un nuevo gruñido la agitó y provocó que algunas lágrimas escaparan de sus ojos. Esperaba recibir una muerte violenta, pero se percató que los minutos pasaban y nada sucedía, los bufidos se hacían cada vez más bajos y menos amenazantes. Eso le dio valor para tantear la pared en busca del interruptor de la luz.

Al hallarlo, respiró hondo y pasó el botón.

Para su sorpresa, no había uno, sino docenas de animales encerrados en pequeñas jaulas de hierro. Eran perros de diversas razas y quien los había escogido supo elegir a las más aterradoras: Pitbull, Bulldog, Dobermann, Rottweiler y Mastiff, eran los que ella reconocía. No tenía idea del tipo de raza de los demás, pero por los ojos enrojecidos, los cuerpos inmensos y musculosos y los filosos dientes que le mostraban, sospechaba que eran parte de las razas más letales.

Los animales se mantenían quietos, echados en sus reducidas jaulas con los rostros tensos, sin apartar su mirada asesina de ella. Algunos aún gruñían y le enseñaban sus poderosas dentaduras, otros, la observaban con atención; esperaban algún movimiento brusco para reaccionar.

Con ligereza abrió la puerta y salió. Al quedar afuera, cerró con suavidad y se quedó inmóvil unos instantes, con la mirada fija en la selva. Hacía un esfuerzo por escuchar algún movimiento que la ayudara a determinar dónde podían ubicarse sus perseguidores. El silencio era atenazador y le ponía la piel de gallina.

Al sentirse a salvo, corrió a toda velocidad hacia el final del claro, para alejarse de las cabañas y tomar el camino hacia la montaña resaltada en el mapa.

Jadeante, se internó en la selva, mientras sentía que algo o alguien la acechaba. No se molestó en mirar atrás. Siguió a toda velocidad.

Unos metros más adelante se topó con un cercado de alambre. Al ver un orificio en un extremo lo cruzó con rapidez. Le sorprendió el hecho de que el cercado no estuviera electrificado o disparara alguna alarma que anunciara su invasión. Sus nervios la motivaron a continuar, sin perder tiempo en analizar la terrible falta de seguridad que había en aquella zona militar.

No detuvo la carrera hasta llegar a una entrada ubicada al pie de la zona rocosa de una montaña. Abrió la puerta de hierro y entró en el lugar para dejar afuera lo que la perseguía. Se apoyó en la puerta mientras respiraba con dificultad. Estaba dentro de un cuarto semioscuro que precedía a un túnel tallado en el cerro, cuyo final no podía distinguir por la falta de luz. Las paredes, el suelo y el techo eran de tierra, lo que hacía que se estremeciera por el vértigo. Cualquier sacudida podía enterrarla viva, no habían vigas o algún tipo de base que la protegiera de un derrumbe.

Vencida por el agobio se dejó caer al suelo, para sentarse, y se abrazó a sus rodillas llorando una amarga pena. Dejó salir a través de las lágrimas el miedo y la angustia que tenía anclados en el alma, pero a los pocos minutos un extraño sonido le silenció el llanto. Era como un martilleo constante realizado con algún objeto metálico.

Con mano temblorosa se limpió las lágrimas e intentó agudizar los sentidos. El corazón casi le fue expulsado por la boca al escuchar una voz conocida que la llamaba por su nombre en la lejanía y le hacía fluir la sangre en las venas a una velocidad vertiginosa.

—Lucas —susurró con emoción. Se levantó del suelo dispuesta a acercarse hacia el sonido, pero a lo lejos, el túnel se hacía más oscuro. El resplandor que entraba por una ventana alta y estrecha era la única fuente de luz.

Tania no sabía que tan lejos debía llegar para encontrar a Lucas, en la oscuridad le iba a ser imposible seguir su rastro.

Indagó a su alrededor y divisó diversos materiales de construcción: palas, espátulas, trozos de madera y cadenas gruesas, pero medio escondida bajo una lona vislumbró una linterna. La tomó enseguida y se adentró con la poca luz que emitía al interior del cavernoso túnel. La voz la llamaba con insistencia, acompañada además, del sonido de cadenas que eran arrastradas.

Al llegar a una intercepción que dividía el túnel en tres caminos diferentes, los sonidos se silenciaron. El corredor se encontraba en su parte más oscura, siendo visible para Tania solo el espacio que la débil linterna alumbraba. El resto era un manto de oscuridad total. Su piel estaba tan susceptible que podía captar el terror recorriéndole las venas.

En uno de los pasillos pudo divisar un resplandor que se producía al pasar la luz de la linterna, eso la animó a tomar ese rumbo mientras el ambiente se cargaba con una extraña estática. Bastaron algunos pasos para llegar a un pasillo repleto de jaulas vacías, similares a las que había encontrado en la cabaña de los animales.

Con un sudor frío que le bajaba por la sien, se adentró más en el túnel.

—Lucas —intentó llamar con labios temblorosos. Le costó tres intentos pronunciar un sonido audible, pero lo único que recibió en respuesta fue un fiero gruñido que la paralizó.

Sin previo aviso, alguien le arrancó de un manotazo la linterna y la apagó, para sumirla en una horrible oscuridad. Tania iba a gritar justo en el momento en que otra persona la tomó por detrás y la encerró entre sus brazos hasta taparle con fuerza la boca.

—Calla, o morimos todos.

La extrema calidez de la voz que le susurró al oído y de un cuerpo semidesnudo y sudoroso que se apretaba al de ella le frenó los instintos de sobrevivencia. Era la voz de Lucas, fue capaz de reconocerla. No era necesario mirarlo para tener esa certeza.

Cerró los ojos y obligó a su corazón a calmarse, así los desbocados latidos no los delataban. Pudo percibir que de las muñecas de Lucas colgaban gruesas cadenas, lo habían apresado, y algo se movía dentro de la cueva. Ligeras pisadas y gruñidos bajos pasaban frente a ellos.

Lucas la abrazó con más fuerza y bajó el rostro hasta su cuello para aspirar su aroma y dejarle un silencioso beso que a ella le calentó la piel, sacudiendo parte de su miedo.

—Sabía que vendrías —le susurró al oído.

Tania le acarició el brazo que le rodeaba la cintura y se aferró a su abrazo. Esperó en silencio que la muerte pasara de largo, sin notar su presencia.

Poco le importaba el peligro que la acechaba. Mientras estuviera allí, entre los brazos de Lucas, cualquier amenaza podía ser soportada con valentía.

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